Vendedor de flores

Había una vez un vendedor de flores que todos los días las recogía de una montaña cercana, cruzaba el río y las vendía en la ciudad. Cada atardecer, cuando volvía a casa, dejaba caer los pimpollos no vendidos en la corriente de agua.
Un día, el río había subido de tal manera que era imposible cruzarlo. Estaba el vendedor en la orilla sin saber qué hacer, cuando apareció una tortuga. La tortuga ofreció llevarlo y tan pronto como el hombre se subió en ella, nadó velozmente, sumergiéndose bajo el agua. En pocos momentos llegaron al Palacio del Dragón, el hogar del Dueño del Agua.
La princesa del Palacio saludó cálidamente al vendedor y le agradeció las hermosas flores que recibía todos los días. Lo agasajó con sabrosos banquetes, delicadas músicas y graciosas danzas de peces. Encantado, el vendedor permaneció allí largo tiempo.
Finalmente, el deleitado visitante decidió volver a casa. Cuando se despidió de la princesa, ésta llamó a su lado a un niño pequeño y harapiento.
-Por favor – le dijo al vendedor – cuida a este niño y él hará que tus deseos se vuelvan realidad.
Cuando regresó a su choza el vendedor la encontró insoportablemente modesta. Recordando las palabras de la princesa, pidió al niño que lo proveyera de un nuevo hogar. Batiendo las palmas tres veces, el pequeño transformó la choza en un maravilloso palacio, espléndidamente amueblado .
Pasó el tiempo y el vendedor de flores olvidó su humilde origen; exigió más y más lujos. En un ambiente tan rico, el hombre pensó que el harapiento niño estaba fuera de lugar. Le pidió entonces que cambiara sus ropas por unas más hermosas, pero el niño, feliz, se negó y continuó usando sus andrajos.
Finalmente, el vendedor, convencido de que tenía todo lo que posiblemente pudiera desear, sugirió al niño que regresara al Palacio del Dragón. Este rehusó, pero conociendo el desagrado del vendedor, aunque de mala gana, estuvo de acuerdo y partió.
Suspirando con alivio, el hombre volvió a su palacio. Para su total asombro, éste había desaparecido por completo. Estaba nuevamente en su humilde choza, usando sus viejas ropas. Abatido, corrió fuera llamando al niño, pero el niño también había desaparecido.

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