Inmortal

En un lejano reino, había una vez un rey muy despótico y cruel. El pueblo vivía oprimido por los alguaciles que él designaba y agobiado por los recaudadores de impuestos, que les quitaban las pocas monedas que obtenían, a través de sus cosechas, sus vinos, y sus trabajos manuales…
Una mañana, la última del verano, un grupo de cientos de súbditos se reunieron en la sala de audiencias, pidiendo ser recibidos por el rey.
-Venimos – le dijeron – por primera y última vez a pediros algo. Queremos ser ejecutados al amanecer.
El rey se sorprendió, nunca antes había pasado algo así. De hecho, hacía mucho que el rey no decapitaba a nadie y hasta los verdugos se habían quejado de su falta de trabajo. Por los pasillos se hablaba de que el rey perdía poder. Animado por esta oportunidad, el rey dijo que complacería el pedido, pero allí mismo se armó una batalla campal porque todos querían ser los primeros en morir. No pudiendo controlar la situación, terminó echando a todos de la sala. Confuso, mandó a buscar al anciano sacerdote del templo, sabio y respetado, para preguntarle por qué su pueblo se peleaba para ser ejecutado.
El anciano evadía la pregunta y hablaba ambiguamente. El rey, se dio cuenta de que no quería responderle. Llamó a los guardias y lo llevó al sótano para azotarlo hasta que hablara.
-Dicen las escrituras – confesó el anciano escupiendo sangre – que el primero que muera ejecutado este otoño, resucitará de inmediato y será inmortal.
-¡Mientes! – dijo el rey, ordenando que lo vuelvan a golpear, más aún
-Está en las Escrituras – dijo el viejo. Puedes leerlo tú mismo, pero no me golpees más, por favor.
«Inmortal», pensó el Señor Feudal. Lo único que el dictador temía, era la muerte y aquí estaba la posibilidad de vencerla. «Inmortal», volvió a pensar…
El Señor no dudó un momento: pidió papel y pluma y ordenó su ejecución para la primera hora del día siguiente.
Cuando al salir el sol, el tirano fue ejecutado según su propia orden, todo el mundo supo que el hacha había liberado definitivamente al pueblo. Una pregunta circulaba por las calles del pueblo, que festejaba el fin de la tiranía: ¿Cómo podía ser que el rey se hubiese creído el estúpido cuento de la inmortalidad?
El anciano, no repuesto por completo de los golpes recibidos, tenía la certera respuesta:
-Lo creyó, porque deseaba demasiado que la mentira fuese cierta – dijo el anciano