Un hombre estaba encarcelado de por vida en lo alto de una torre. Como no aceptaba esta separación, su mujer tomó la decisión de ayudarle a escapar.
Cogió un escarabajo y tras haberle atado con delicadeza un hilo de seda extremadamente delgado al insecto, untó sus antenas con miel. Lo depositó al pie de la torre, con las antenas dirigidas hacia lo alto.
El insecto, en su afán de alcanzar la miel, trepó tanto que llegó a la ventana del prisionero que, tras haber dejado libre al escarabajo, tiró del hilo de seda. En su extremo había atado otro hilo algo más grueso. Seguía a éste un hilo de bramante, al bramante una cuerdecilla y después una sólida cuerda que el hombre fijó en el interior de su celda y utilizó para descender de la torre y huir con su mujer.

 

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