Una anciana que hospedaba a un joven monje de delicados rasgos, había hecho construir al final de su jardín una pequeña ermita donde él pasaba el tiempo rezando y meditando. Tras varios años de aquella vida tranquila, un día una hermosa joven pasó por la casa de la anciana y ésta le pidió que fuese a saludar al ermitaño y darle un abrazo. La chica, al ver al joven, fue presa del deseo. Se lo dijo y le pidió que interrumpiese su meditación e hiciese el amor con ella.
- Soy parecido al árbol seco - dijo el ermitaño - a una fría roca. Si me abrazas no sentiré nada.
La joven volvió junto a la anciana y le contó la respuesta del ermitaño.
- ¡Menudo idiota! - exclamo la anciana - ¿cómo he podido estar tanto tiempo protegiendo a un pedazo de madera seca?
Al instante tomó una antorcha y fue a prender fuego al ermitaño. El joven monje huyó gritando de miedo.

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